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09/03/2019

Fuente: El Mundo

VENTURA A HOMBROS CON OTROS DOS GUERREROS: PONCE Y JULI

Ponce y El Juli rivalizan como viejos rockeros en el entusiasmo de lo previsible y salen a hombros con Ventura

El tránsito entre el infierno de entrada a la plaza al cielo de Enrique Ponce y El Juli, ese duelo de perros viejos, gallos de espolones incombustibles, fue el suave purgatorio gafado de Diego Ventura. Ponce agitó a Juli. 50 años como figuras del toreo les contemplan. El repertorio reinventado. Como un LP sabido. La enésima gira y los públicos siguen coreando los viejos temas de Hombres G y Los Secretos. Tampoco el toreo dista tanto de la sociedad como se cree. Ni de otros mundos. Como el musical. La fuente de la eterna juventud. Puretas con el eco de la maestría. Siguen llenando. Y la gente corea los grandes éxitos con espíritu de sorpresa. Y se entusiasma con los bises. Sufre mamón, Déjame, Temblando, Pero a tu lado... Así era como Enrique Ponce despedía su faena por poncinas con flecos de roblesinas, y Julián López epilogaba la suya por circulares y luquecinas. Los bises, los bises. Un entusiasmo loco recorría los tendidos pletóricos. La plenitud del revival.

Varió la partitura para la interpretación de sus estilos: el toro. El garcigrande de EP con ese punto mansito tan de la casa descolgó, colocó la cara con calidad y se puso a embestir sin final; el de JL más bravo duró menos pero se empleó mucho en ese tiempo. Uno y otro por abajo. Aquél muy abierto y éste más por derecho. Cada uno también por donde le conducían, instintos al margen.

Precisamente por las afueras fue toda la obra poncista de relajada estética; más embrocada y enfibrada la julista, también desmayada al natural. Ponce cosió a su muleta al mansito -vaya con el mansito- y no lo soltó nunca. Hasta el espadazo rinconero y mortal, cuando ya se quería ir apuradísimo Danzarín. Que así se llamaba el toro. Como aquel de Garzón que inmortalizó Chenel, luz de pureza. Sacudió Enrique dos orejas. Como Juli. En su caso, media estocada trasera fue suficiente para la puerta grande de los viejos rockeros. Que ya se conocen todas las glorias de todas las plazas, todos los registros de sus públicos, todas las esquinas de los toros.

El combate de los veteranos, como esos cantados de La Voz, fue a un solo asalto. Subieron en cuerpo y peso quinto y sexto. De Domingo Hernández el penúltimo. Sin maldad ni continuidad en su fondo. Ponce le buscó suavemente de uno en uno el hilván. Y lo de El Juli casi fue un calco de su lidia anterior: también se quedó sin gasolina el garcigrande antes de hora después de serio empleo en el caballo. Hasta ese momento un quite explosivo por zapopinas -en el otro sucedió por chicuelinas de compás abierto- y un par de rondas notables en su derecha. Y el toro se rajó sin remisión. Incluso en la huida había una previsibilidad cierta. Como si formara parte del repertorio establecido.

La fórmula mixta, que vuelve de moda con fuerza, funcionó en los tendidos. Ventura sumó mucho en taquilla -tan cerquita de Portugal- y emocionó poco en los albores de la tarde: la gordura chochona del toro de María Guiomar Cortés de Moura apenas ayudó. Un solo rejón bastó para dejar su embestida en modo mecedora. DV le tenía que llegar una barbaridad. Muy de frente con Lío. Casi a caballo parado los quiebros. El morlacote obedecía meciéndose. Siguió buscando el caballero la alegría del mortecino. Con las cortas y así. Lo puso todo él. Pinchó y se le atravesó el rejón de muerte, literalmente con su trayectoria diagonal. Pie a tierra descabelló. El globo nunca inflado hizo puf.

De milagro se agarró Ventura al triunfo. Como al lomo de Dólar cuando ya se despeñaba en la suerte fallida sin bridas. Su raza le provocó remontar, volverlo a intentar, atacar. Tampoco este cuarto de Guiomar Cortés de Moura -lejísimos de lo que Ventura dice buscar- colaboró. Apalancado como esos trenes que se paran camino de Extremadura. Brillos azabache sobre Nazarí antes del temerario espectáculo y un efectivo rejonazo después. La plaza se desbocó con la entrega del jinete y lo subió a hombros con Ponce y Juli. Un final feliz para el entusiasmo de lo previsible.

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